Nhạc sĩ: bosco herrero
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Ahí estaba yo,
a las tres de la madrugada recostado
en la ventana del Petit Chevalier,
un tren de apenas dos vagones que terminaba
su circuito en las puertas de pie grande.
Por el pasillo,
las azafatas impulsaban sus carritos en formación triangular,
manteniendo
un protocolo de limpieza totalmente inaudible,
y utilizando como aparato recolector de sociedades
unas cenazas de langosta recién virladas al chef,
que aún humectaban vapor de cazuela y
lograban entrecerrarse por sí solas.
Las tres, por algún extraño motivo,
deslumbraban el mismo tenebroso vestido de novia,
Les,
que daba desproporcionado en todas las simetrías.
Parecían como magdalenas con piernas depiladas.
La verdad es que sí.
Esas mangas abombadas de menina,
esos trapeados inflahombros,
esa cola arrastrable con adivinanzas escritas entre los dobladillos.
Y qué decir del casco que llevaban,
un armatoste permanentemente cerrado
que imitabas en un arándano azul,
con solo un agujero para el ojo izquierdo
y otro para la punta de la barbilla.
Las pobres,
sin apenas visión,
nos ofrecían a los pocos pasajeros que aún no dormíamos una cesta de
bambú amarillo que contenía un erizo de chocolate en su interior.
Y una diminuta postal de propaganda
comunista,
donde se apreciaba la imagen de una niña con
coletas y aparato ortodoncista intracranial
paseando con correa a sus criados,
lanzándoles pelotitas de béisbol y ordenándoles revolcarse
en el barro.
Si os soy sincero, a mí no me dieron nada.
Ni postal ni postre.
Ni siquiera un parpadeo
desordenado,
un inicio de frase a medio morder o una confusión con mi nombre.
No me dieron ni
siquiera un problema.
Y, puedo perdonarles, mi aspecto era tétrico,
el cabello disparado digno
de un director de cine atormentado,
la blancura nuclear de mi piel solitaria,
mi jersey nórdico
con pompón de libérula,
las manoplas lanudas que me había regalado mamá para no rascarme
los arpullidos,
el tintineo sordo de mi cuchara degollando la mórbida gelatina rosa,
mis
alargados dedos plegando la máquina de escribir,
el hombre pulpo que roncaba en mis hombros
y el animatrónico paranoide con bronquitis
crónica que reía tumbado en mi regazo.
Trataré de tomarme esa descripción como un cumplido.
Claro que lo es, Norwaldo.
Justo terminaba la última calada de mi pipa turca,
cuando las campanas del Petit Chevalier empezaron a fulgurar.
Estábamos atravesando el Monte Willow,
un montículo nevado de dos mil setecientos metros de altura,
erguido en dólmenes extraterrestres de roca roja y púrpura
e inmaculado en un cielo que era lo más parecido que
existe en la Tierra a un patio de juegos de verdor boreal.
Aquel cielo,
aquel cielo era como un insulto estrellado ordenado a la
carta por el más galardonado Sibarita de Astros Lumínicos,
como una manta de Perseidas recién planchada por la luna de galleta.
¡Callaos ya! Sois unos cursis.
Eres muy mono, Bob Maguder.
Me estáis dando arcadas.
Y es lo que los octópodos no sabemos vomitar.
Fue en ese preciso instante.
Al abrirse las compuertas del tren,
noté como lloraba una
pasajera.
Llevaba unos tacones picudos,
un vestido negro de cuero que ajustaba a presión
su lencería de burdel y un peinado inclasificable.
Era como una torre de rizos rubí-castaños,
con un huevo frito goteando arriba del todo.
Me dijo que era prostituta de fantasmas y
traté de hacerle un par de preguntas con sutileza.
Al parecer en la otra dimensión
no existe erotismo tal y como lo concebimos.
Ogely se dedicaba a enamorar aquellas almas
en pena que morían sin pareja,
para hacerlas creer que cruzarían al más allá acompañadas
y claro,
de tanto forjar amoríos sintéticos la
pobre no recordaba cómo era sentir.
La
ocasión era perfecta.
Mi libreta de árboles muertos estaba llena de poemas que escribí
cuando perdí a mi amada.
Seguro que si le cantaba esos versos,
conseguía devolver algo
de pasión a su corazón de astillas chamuscadas.
Estimados extraños,
voy a hacer un pequeño resumen para los que
tenéis el cerebro fundido como un queso cheddar.
Rarwaldo, sea amable.
A mí me ha gustado.
Resumiendo,
vos que ha conocido a una muchacha que se llama...
Ogely.
Ogely, eso es, mal amo Ogely.
La fama de visage du village bombardé.
¿Te hablas francés?
Bueno,
me has guionizado tú,
así que técnicamente sí.
Es verdad.
¡Soy gilipollas!
¡Mierda, yo no quería decir eso!
Bueno, es que te guionizo yo.
¡Qué hijo de puta!
¡Eh,
ir al grano! ¡Me estáis dando dolor de tentáculos!
Vale, resumiendo, estamos en el Petit Chevalier.
Aún nos quedan dos horas y media de
trayecto hasta llegar a Pie Grande,
así que Bosco ha decidido interpretar unas baladas.
A ver si con algo de música conseguimos devolver al corazón
encogido de Madame Ogely un poco de recuerdos de cómo era amar.
Vamos con la primera canción, que se titula...
Eh...
Mierda, he perdido el guión.
La sala de espera.