La mesa bajo la parra trae olor a pan fresco, la pepa y sus cinco hijos besaban agradeciendo.
Mil gracias te doy, Señor, y alabo tu gran poder. Por tu caridad y amor hoy nos diste de comer.
Y el mayor le hace una seña, se tomaban las manitos, decían viva la pepa que ha cocinado.
Tan rico ella se quedaba a cargo, la viuda pepa al trabajo, toda la noche silbaba el suindal volando bajo.
La mala suerte está echada, nadie esperó su partida, la pepa se fue de golpe, dolía su despedida.
Y el mayor tomó las manos de sus pequeños hermanos y todos juntos dijimos viva la pepa llorando.
Y se criaron con parientes hasta elegir sus caminos.
Buenos Aires, dos al sur, otro se hizo embarcadizo, el más pequeño quedó pueblero.
Y de mil oficios, inconstante pero honrado.
Si se pagaba sus vicios, y una vez casi insultante, un muchacho a la siesta le dijo para ofenderle, vos sos un viva la pepa.
Y el mirándole le dijo, repetime cuanto sea, son las palabras más bellas.
Que en mis oídos me llegan, fue el más pequeño el travieso, que de noche recordaba.
Mi madre me hacía caricia, para mitigar mis ganas, tal vez por eso elegí, caminar la buena senda.
Porque la pepa merece.
Aunque no entienda su ausencia, recuerdo que mis hermanos de la mano me tomaron y todos juntos dijimos viva la pepa llorando.
Ay pepa cuanto daría, al menos por verte un rato, nunca entendí tu partida.
Mi infancia extraño tus brazos, ay pepa.