Despierto y miro el reloj a las seis,
la misma alarma rompe otra vez.
Los pasos cuentan la ida al café,
un ciclo eterno que no deja de ser.
Una camisa planchada al azar,
el mismo bus me vuelve a llevar.
Las caras grises en la ciudad,
un eco sordo de la misma realidad.
Rutina sin fin me abraza la piel,
lo que quiero decir no tiene papel.
Todos los días se sienten igual,
un laberinto que no tiene final.
El ruido siempre con tono de metal,
camino lento por este mural.
Los sueños cuelgan de un hilo casual,
como un borrón de un cuento trivial.
Pero en mi pecho algo quiere estallar,
un grito mudo que busca escapar.
Donde quedó el fuego en mi andar,
la chispa oculta quiere abrazar.
Rutina sin fin me abraza la piel,
lo que quiero decir no tiene papel.
Todos los días se sienten igual,
un laberinto que no tiene final.