Mi perro León. Cuando yo pasé de grado, me regalaron un perro que tenía un ojo negro como de haberse peleado.
Y a pesar de estar tapado, le daba cada temblor que yo creí con temor que se había congelado.
Al otro día que vino, ya anduvo mal con mi hermana, pues debajo de la cama un libro le había escondido.
Y a pesar de haber mordido nada más que cuatro hojas, se puso a gritar furiosa que ya bastaba conmigo.
Lo bautizamos León. León, en acuerdo de muchachos, era lindo, vivaracho, orgulloso y rezongón.
Le llamaba la atención cualquier ruido que escuchaba, y una orejita paraba para pescar la audición.
Había que oírlo ladrar cuando entraba el carbonero, y el único fue el lechero que lo supo conquistar,
porque hacía derramar la leche de la medida que el apurado la mía para después pedir más.
Yo le daba de comer por debajo de la mesa, así hubiera milanesas, tallarines,
o puré. Cuántas veces lo llamé cuando me iba a dormir, y él no tardaba en venir a calentarme los pies.
¿Con qué clase conseguía que lo sacara a pasear? Se ponía a disparar y la silla se subía.
Pero León no tenía que ser un perro vulgar, y por comprarle un collar fue a la quiebra me alcancía.
Pero fue una mañana que venía de la escuela. Me extrañó que no saliera para lamerme la cara.
Y eso que lo llamaba León, León, León, más me dijo el corazón que era inútil que gritara.
Y allá venía.
Yo lo encontré tirado debajo de la pileta. Tenía la boca abierta y los ojos enturbiados.
Un auto, un auto. Lo había matado por escaparse a la calle.
Mi mamá me dio detalles que yo agradecía tontado.
Y en un carro de basura se llevaron a mi perro, que se fue tranqueando lerdo prolongando mi amargura.
Y pensaba en la negrura que sobre el ojo tenía. Pobre León, que se iba con la última diablura.
¿Por qué te fuiste a cruzar?
Sabiendo que no quería.
A solas lo repetían y que me fuese a escuchar.
Adentro me fui a llorar porque me ahogaba de veras.
Y en la cucha que le hiciera estaba solo el collar.