María
la entra, sale, sube, baja y aunque la pobre adelgaza detrás de sus hermanitos, apenas
oye algún grito ya pregunta qué les pasa. La IA dejó el colegio, trabaja, trabaja mañana
y tarde. Al cielo se fue la madre para el viaje sin regreso, que con el último beso
le dejó por toda herencia la inmaculada inocencia de tres hermanos traviesos. Y fue ascendida
a mamá por decreto de la vida.
Y trabaja noche y día por mantener ese hogar, sus hermanos a estudiar, instruirse a todo
tren para ser hombres de bien. Y qué importa lo demás.
Qué importa que va tejiendo el tiempo su telaraña
si a la IA no le extraña de que ha ido envejeciendo, que sus ojos van perdiendo aquel brillo juvenil
y que a su altivo perfil los años lo van rindiendo.
Cuando pudo pretender eran tiernos sus hermanos
y
Y dejarlos de la mano era echar todo a perder.
¿Y quién mira a una mujer con tres chicos a la rastra?
Por eso le dijo basta al deseo de querer.
Pero ninguno, ninguno comprende el otro yo de la IA.
Porque a fuerza de alegría su amargura la defiende.
Ni sus hermanos entienden que también soñó en la vida que la besen a escondidas como esa chica de enfrente.
Ellos hablan de casarse, piensan formar un hogar.
Ella los deja hablar y hasta finge entusiasmarse.
Y sin querer acordarse se ve sola, envejecida.
Así, así le paga la vida por tanto sacrificarse.
Fueron grabando los días, las fechas de su dolor.
Tres veces sopló el amor y desojó su alegría.
Qué sola quedó la IA.
Y cómo añora un hogar.
Y cómo no va a llorar si ha vuelto a ser la María.
Ese María, ese María que perdió en su lejana niñez.
Ese lo traen en la vejez para aumentar su dolor.
Pobre hermanita mayor, para mí no sos María.
Dejame llamarte IA.
IA y ser tu hermano menor.
Porque sí que sos bendita entre todas las mujeres.
Huerfanita de placeres, madre, esposa, hermanita.
Dejame que lo repita por lo tanto que has luchado por tus sueños fracasados.
Bendita.
Bendita seas, María.