El señor Bisóntes estaba tan perdidamente enamorado que
al ganar la lotería se gastó los 7 millones al completo
en montarle un parque de atracciones a su esposa,
con el que ella peculiarmente decía haber soñado desde bebé.
Primero contrató a cientos de capataces
para aplanar el solar abandonado,
pues aún conservaba monobloques de la época soviética.
Una vez descampado,
ordenó elevar las primeras montañas rusas y socavar un mar artificial
alrededor de ellas.
Después puso un puesto de piruletas
con forma de tiburón y sabor a pera,
unos coches de
choque para caniches y por último,
un mini golf donde las bolas se mueven por telequinesis.
Al terminar semejante, digamos, recinto mágico,
lo nombró el parque temático de Pie Grande
y comenzó a recibir miles de familias al día.
Todo parecía una fantasía inalterable,
hasta que una noche de fuegos artificiales su esposa
desapareció sin dejar rastro.
Bisóntes, totalmente destruido por la noticia,
decidió criogenizarse a sí mismo en una pecera
junto al peluche favorito de su esposa,
un diplodocus dorado tan viejo y descosido que
hacía reír siempre a ambos.
Con el cuerpo menguado al tamaño de una canica y sumergido
dentro del minúsculo acuario,
su sirvienta robot ágata le conectó un alambrado galvánico
a la corteza cerebral,
proyectándole infinitamente fotogramas
de desayunos con su prometida y
espectrogramas de su risa y sus bostezos.
Al mismo tiempo que Bisóntes se mimetizaba
con esta dimensión autómata,
su realidad corpórea se disecaba,
momificaba y la gloriosa
noria se desplomaba pareciendo un kamikaze degustando su última cena.