Nhạc sĩ: Javier Ginés | Lời: Javier Ginés
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El jubilado. Le dijeron, se jubila. Después lo felicitaron y más tarde le obsequiaron en señal de despedida
esa infaltable comida y un pergamino floreado que a peso por invitado firmaron con tinta china.
Fueron llegando empleados, ordenanzas, peones que colmaban de atenciones al flamante jubilado.
Todos muy bien afeitados, luciendo esos trajes nuevos que se llevan al empleo cuando ya están más usados.
Hizo su entrada triunfal como siempre de la foto. Saca unos, pone a otros, autoritario, teatral,
para lograr al final, después de cinco fracasos, sacudir de un fogonazo el techo del restaurante.
Después alucin las flores que estaban sobre las mesas y al repetir mayonesa, lo mismo que los ravioles,
se aflojaron cinturones.
Y entre solanas...
Tapas con talco, el pollo pasó de alto por postre, café y licores.
Le pidieron de que hablara el que estaba designado.
Discurso que fue cortado por el ruido a cucharas que los mozos levantaban alegando indiferentes
que venían de suplentes y a las once terminaban.
El orador, como siempre, derrochaba generosos osereis y vosotros, que se escuchan tantas veces,
donde se ahogan las heces por el peso del menú y terminan con salud,
que la disfrute con suerte.
Más tarde, al tomar de más, sacando jugo al cubierto, el sucesor de su puesto fue figura principal.
Y una amiguita de pan, después un pan entero, y al rato sesión interno, se peleaba con Central.
Y entre víctores y aplausos, el jubilado aturdido, salió con el pergamino apretado bajo el brazo.
La calle tenía raso, la luna era de harina, y la recoba escribía las semes sobre las semillas.
Sin saber lo que sentía, abandonado a sí mismo, rodaba por los abismos que hacía tiempo presentía.
El domingo, el domingo pasaría, ese día no contaba, pero el lunes, el lunes debutaba como actor de la rutina.
Sería ese jubilado, que hasta en su casa molesta.
Tendría que hacer la siesta, aguantar a los de al lado, ir a misa, al mercado,
ayudar a su mujer, pintar, podar, barrer y no fumar demasiado.
Conformarse con dolor en ser otro don del barrio.
Y pasarse con el diario leyendo en el corredor.
Y ser para el vendedor de colchas o de tomates, el anónimo marchante del 952.
Pasó de activo a pasivo en el mayor de la vida.
Al jubilarse, se archivan los desencadenantes.
Los engaños sufridos, cruel desquite del destino,
que al darle su independencia, le cobran indiferencia, un descanso merecido.
Y apretado al pergamino, allá sigue el jubilado, como un ex que ha diplomado la facultad del olvido.
Una alerta de suspiros trae el aire sentinela y parece una diamela la luna que moja el río.
Đang Cập Nhật
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